Etnocidio en Nicaragua: La violenta embestida de los invasores que desplaza a los indígenas en la Costa Caribe

August 9, 2020
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Wilfredo Miranda Aburto

Más de 3.000 indígenas han sido desplazados forzadamente en la Costa Caribe norte. Son miskitos y mayangnas, dos de los pueblos originarios más golpeados por el fusil de los “colonos”, esos invasores de tierras que actúan bajo un amplio paraguas de impunidad. El extractivismo crónico sustenta esta violencia: minería, ganadería y deforestación. El desplazamiento expone a los indígenas a la pandemia de COVID-19. El Estado se desentiende, mientras en los territorios el fusil y el ultraje son la norma. “Estamos ante un etnocidio”, alertan con severidad los comunitarios.

I: La lluvia cae sobre los desplazados de Klisnak

El cielo es rotundo cuando llueve en la comunidad de Klisnak. Sobre la vera del río Waspuk (uno de los afluentes del Río Coco que interna en el núcleo de la nación miskitu en el Caribe Norte de Nicaragua), se instala una densa capa de neblina que difumina el anegado paraje selvático. Alejandro Guevara, un indígena miskito, apenas escucha los gritos de sus hijos. El aguacero que cae es ensordecedor. Los jóvenes recogen en la champa sus escasas pertenencias para evitar que se empapen más. Guevara no se inmuta ante la urgencia de los muchachos. El hombre siente que está atado a la desgracia, y que unos pocos enseres mojados no son más que otra de las consecuencias que sufre junto a su familia desde hace cinco años, cuando un grupo de hombres armados, con fusiles los desplazaron de su hogar allá, río arriba, en Polo Paiwas, donde esta tarde de junio de 2020 también golpea el aguacero.

Guevara está hundido en sus pensamientos: se pregunta cómo estará su casa y su parcela en Polo Paiwas. La última vez que estuvo allí, la tarde del 29 de octubre de 2015, todo fue repentino como este diluvio. Los hombres armados que los indígenas miskitos llaman “colonos”, atacaron la comunidad sin previo aviso con escopetas y Ak-47. Asesinaron al joven Germán Martínez Fenley e hirieron a otro indígena. El resto de la banda quemó las casas de los comunitarios y mató a todos los animales de corral que encontraron.

“Alrededor de 25 familias tuvimos que salir de la comunidad. De lo contrario nos mataban. Nos fuimos para Klisnak como pudimos”, relata Guevara. Polo Paiwas quedó arrasada. El ataque de los “colonos” sucedió en 2015, uno de los años más violentos para los territorios indígenas y afrodescendientes. Al menos 35 indígenas fueron asesinados.

Desde esa fecha, los ataques de los “colonos” han causado más de 46 muertes, 46 secuestros, 49 lesionados, 4 desaparecidos y violaciones sexuales, de acuerdo al registro del Centro por la Justicia y Derechos Humanos de la Costa Atlántica de Nicaragua (CEJUDHCAN).

Este saldo fatal ha ocupado titulares en medios nacionales e internacionales, pero hay otro dato del que se habla poco o nada, y que con el paso del tiempo solo va en incremento. Una situación que aumenta la vulnerabilidad de los pueblos ancestrales: el desplazamiento forzado de miles de comunitarios debido al avance implacable de los “colonos”.

Los desplazados forzados no sólo han huido a comunidades cercanas, sino a Honduras, al otro lado del río Coco, a las comunidades miskitas catrachas. Para estos indígenas, la frontera entre Nicaragua y Honduras –que es delimitada por este río– no existe, ya que antes todo ese territorio era un solo reino: el de la Moskitia. Sin embargo, con el advenimiento de la pandemia de COVID-19 esa frontera ha sido cerrada. Los miskitos tienen que buscar alternativas de refugio en los mismos lares que acechan los “colonos”. Aunque el ataque de Polo Paiwas en 2015 suena ya a tiempo lejano, lo cierto es que los ataques contra las comunidades no han cesado… en lo que va del año 2020, al menos 10 indígenas han sido asesinados.

No solo el pueblo miskito ha sufrido estos ataques constantes, sino que también los indígenas mayangnas. La incursión más reciente de los “colonos” sucedió este 10 de julio. En la embestida fue asesinado el indígena Simón Palacios Hernández, de 32 años, originario de la comunidad mayagna de Ahsawas. El hombre fue alcanzado por decenas de perdigones de escopeta en su pecho, brazos y rostro. Meses antes, en enero, los “colonos” invadieron la comunidad de Alal, enclavada también en la reserva biosfera de Bosawas. La brutalidad fue superlativa: seis indígenas fueron abatidos y 10 continúan desaparecidos. Las casas y la iglesia de Alal fueron incendiadas... Es una violencia que no se detiene, y su abanico de maldad se diversifica.

Por ejemplo, el 13 de julio el miskito Apolinar Taylor García –habitante de la comunidad de Sangnilaya, Territorio Twi Yahbra– denunció que su hija menor de edad fue raptada por dos colonos. De hecho, en este proceso de desplazamiento forzado, las mujeres han sido el grupo que más ha sido afectado. Las más jóvenes han sido víctimas de intento de violaciones y acoso sexual no solo por parte de los “colonos”, sino en las ciudades donde se refugian. Es huir de un infierno para internarse en otro, como una sucesión de infortunios que no les da tregua.

Son llamados de auxilio que salen desde estas remotas comunidades, con un grado de urgencia permanente al que se suma la crisis humanitaria que provoca el desplazamiento forzado en medio de la pandemia de Coronavirus. Hasta la fecha, y como ha sido la tónica histórica, el Estado de Nicaragua ignora el SOS de los indígenas. A los asesinatos provocados por los “colonos” se suman las muertes por Coronavirus. Hasta el mes de junio, en las comunidades se contabilizaban 124 casos sospechosos de Coronavirus, entre ellos 66 muertes.

En Klisnak aún llueve y los 113 desplazados de Polo Paiwas se guarecen en las champas que los comunitarios han dejado que instalen como gesto de solidaridad. En realidad es un gesto que se ha extendido casi un quinquenio en Klisnak dado la ocupación de las 12.500 hectáreas que conforman Polo Paiwas, y en la que habitaban las 27 familias desplazadas. Es una situación compleja para Alejandro Guevara y sus ocho hijos.

Algunas de las hectáreas lotificadas por los invasores eran el sostén alimenticio y económico de Guevara. Allí sembraba arroz, frijoles, tubérculos para consumo propio y para vender. Sin embargo, desde que fue expulsado, tiene que pedir permiso a los comunitarios de Klisnak para cosechar en estrechas parcelas, cuyas cosechas apenas alcanzan para saciar el hambre de la numerosa familia de este hombre de 45 años.

“Es fea la cosa porque allá (en Polo Paiwas), lo que quedaba de la cosecha era vendido para tener pesos en la bolsa… aquí es difícil porque tenemos que sembrar cerca de la comunidad y los animales, vacas y cerdos, joden el siembro. No podemos ir más largo a sembrar, porque allí en el monte están los colonos”, dice Guevara.

También es complicado para este indígena porque su vinculación espiritual con la tierra fue quebrantada por el fusil de los “colonos”. Es por esa tierra ancestral, tan preciada por sus recursos naturales, que existe este conflicto violento y que se agravó a partir del año 2007. Un problema que inicia con la invasión ilegal de territorios indígenas, pasa por la violencia desmedida, y ha derivado en el desplazamiento de 3. 008 indígenas, de acuerdo a un informe de CEJUDHCAN.

Pero el dato es parcial y el subregistro sin duda es más alto para Lottie Cunningham, directora de esta oenegé, una de las pocas en adentrarse desde hace años en las alejadas comunidades. Cunningham habla de un subregistro con sobrada seguridad, porque el estudio cubre únicamente 12 comunidades de las 304 esparcidas en los territorios indígenas y afrodescendientes de la Costa Caribe… y de esas 304 comunidades, casi todas sufren la incursión armada de los “colonos”.

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